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Pequeños comerciantes que porfían y prestadores de servicios que sostienen antiguos oficios evidencian singuaridades locales, dan un toque pintoresco al municipio y revelan realidades sociales y económicas.

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Fotografía de la torre del templo La Inmaculada Concepción del municipio de Santuario, fusionada con otras de una orquídea, variedad Catleya Triana -la flor nacional-, y de un racimo de granos de café; símbolos también de la tierra natal y por esta razón, cargados para los santuareños de poderosa significación y evocación.
Este mundo loco y mago en cada vuelta arruga una cosa, echa tantas al olvido, renueva otras con la luz de hoy y nos sobrecoge con tanta novedad y con tanta historia que se vuelve niebla.

Hay oficios que -tal como eran- se niegan a desaparecer y que persisten no obstante el empuje de los tiempos modernos. ¿Quién recuerda las barberías? ¿Quién, aquellos cortes de pelo a tijerazo limpio. Los retoques asépticos con trozos de piedralumbre? ¿Las sillas giratorias, altas como tronos para tusar peludos, rasurar barbudos y procurar la distinción de un corte de pelo varonil, según la exigencia de los abuelos?

Las barberías: perfumadas a Alhucema -loción bambi francesa- y a Bay-Run; decoradas con calendarios anticuados y amarillentos, un cuadro del Corazón de Jesús y espejos de luz gastada; donde la conversa es nostálgica, memoriosa, alucinante y muy grata.

Juan Pablo Restrepo y Uriel Raigosa Osorio, barberos de tradición.


Ésta es la única que permanece en Santuario y se llama “Barbería Veracruz” y sus barberos titulares son don Uriel Raigosa y don Juan Pablo Restrepo. Aquí se habla profusa e incasablemente de minas de oro y de otros minerales; de cacerías; de montañas sin fin; de árboles de maderas finas y olorosas; de animales casi extinguidos; de plantas milagrosas; de espantos y apariciones fantásticas; de ánimas en pena, entierros encantados y guacas que arden a la medianoche del viernes santo; de ríos caudalosos con muchos peces de mil colores, de arenas ricas de oro de aluvión. Y de la vida, obra y milagros de las gentes evocadas al azar de la conversación.


Las palabras van cayendo como los cadejos de pelo cortado. Otra vez desfila el ayer con su esplendor, soliviantado por las palabras evocadoras de estos hombres.
El cliente sale ligero de pelo al tráfico de hoy, pero reencontrado con algo esencial suyo procurado por el embrujo de la conversación. Y quizás el corte de pelo, más que asunto de vanidad, sea pretexto para conversar, para nombrar otra vez la vida que se va, para recuperar una historia que se disuelve, y evitar que lo poco que queda del ayer se lo trague el furor de estos tiempos nuevos.

En este vetusto caserón, que exhibe las características austeras y bellas de la denominada arquitectura de la Colonización Paisa o del Bahareque, funcionó el bar El Volga. Y fue famoso, pues como estaba ubicado a la salida del pueblo, la cual abre los caminos hacia las veredas cordilleranas del occidente del municipio, reunía en las tardes de día de mercado a los campesinos rezagados que bebían los últimos aguardientes, antes de encarar las vicisitudes propias de aquellos caminos de herradura, agravadas por la violencia política desatada después de abril de 1948 y recrudecida en la década de los años sesentas.


Edificación donde funcionaba el Bar El Volga. Calle 6a con carrera 11, esquina.

Un poco más allá de este bar, en la misma calle, despachaba la pesebrera de don Vitalino Ocampo. Y como en aquel entonces la gente se transportaba a caballo o a lomo de mula, resultaba muy oportuno tomarse un aguardiente mientras en la pesebrera aprestaban las cabalgaduras.

En primer plano, vivienda de don Vitalino Ocampo, en cuyo sótano funcionó una de las más renombradas pesebreras del municipio.

En este bar, a punta de aguardiente y tangos, se curaron heridas de amor; los ebrios se juraron una lealtad turbia; se domaron miedos; se probaron hombrías y se urdieron y consumaron historias de fatal malevaje.

Todos se fueron. Queda la memoria en unos pocos.


¡Cantinero! Sirva el último trago que ya nos vamos; el del arranque, que nos cogió la noche y el camino es culebrero. – ¡Sírvalo doble, que en el aguacate de Gualanday está saliendo el diablo! – ¡Y en la casa la mujer espera enroscada! – !Ay, jijuemadre!

Todavía se conservan algunos de los antiguos puentes riales, como éste que se muestra en la fotografía, el cual se levantó en el paraje de Gualanday para franquear el río Mapa, en una época en que no existían carreteras veredales y en la que el transporte de gentes, mercancías y productos del campo se hacía a lomo de mula a través de tortuosos caminos de herradura. Época que viene desde la fundación del poblado en el año 1886, cuyas condiciones favorecieron el esplendor de la arriería, pero que en Santuario, después de 1961, empezó a sucumbir ante el avance de las carreteras veredales y del poder y la versalitidad del jeep Willys, constituído hoy en ícono de la región cafetera.


Este puente, que es una evidencia de la sabiduría de aquellos constructores para enclavarlos en sitios precisos, para tejer y trabar la madera en una armazón resistente, funcional, simétrica y hermosa, resiste el naufragio de los tiempos idos, se yergue como un mojón entre el pasado y el presente y es un pasaje a nuestra historia campesina.

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